Dos volcanes

Escrito el 15/04/2013, en Banjuwangi (2 días), Cemoro Lawang (1 día), Yogyakarta (4 días) (Indonesia), por Luis Roig Indonesia
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Post nº 19, estancia de 7 días

Veo por primera vez la silueta del Kagah Ijen dibujada en el horizonte, al otro lado del estrecho que nos separa de la isla de Java, mientras visitamos el norte de Bali. No entra en mis planes subir ningún volcán, a pesar de lo que me gustan e interesan, pues todavía tengo fresca la memoria de la ascensión que hicimos Sara y yo, hace cinco años, al volcán Pacaya, cerca de la ciudad de Antigua, en Guatemala, donde estuvimos a punto de dejarnos algo más que las pestañas.

Subimos entonces con el objetivo de ver el río de lava incandescente bajar por la ladera al anochecer y después de aproximarnos, tanto como el calor nos permitía, comenzamos a observar con sorpresa como se derretían las suelas de nuestras zapatillas. Nos retiramos unos metros y se lo comentamos al guía que nos acompañaba. Sin alarmarse nos dio una explicación de lo más científica a lo que estaba sucediendo: con la vara de madera que utilizó de apoyo durante la ascensión golpeó con fuerza contra el suelo y abrió un agujero, del diámetro del palo y un palmo escaso de grosor, por el que era posible ver pasar bajo nuestros pies, a tan sólo un par de metros de profundidad, la misma lava ardiente que corría ante nosotros. Repetimos su gesto con curiosidad y observamos admirados como salieron nuestros palos de la tierra envueltos en llamas y reducidos a la mitad de su tamaño. Apenas una frágil bóveda de tierra solidificada separaba nuestros pies, y el resto de nuestros cuerpos incluida mi mala cabeza, del magma en movimiento. Descendimos la montaña como el que camina por un campo de minas, concienciados para siempre de que los volcanes no sólo pueden expresarse con furia sino que tienen también mucha vida interior.

Durante el reciente viaje en barco hasta Flores coincidimos con un francés que acaba de visitar el volcán Ijen y que, tras definirlo como la mejor experiencia en su viaje, me habla de las difíciles condiciones de trabajo de los mineros que extraen azufre del interior del cráter. Ese detalle despierta mi curiosidad y me recuerda que, sin saberlo, ya había visto ese volcán en un impactante documental de National Geographic unos pocos años atrás.

No puedo enlazar a ese video sin arriesgarme a una demanda pero sí a éste que he encontrado en Youtube para que veáis si os suena.

Indonesia es el país con mayor número y densidad de volcanes del mundo. En las trece mil islas diseminadas por un área del tamaño de Estados Unidos existen 76 volcanes históricamente activos, liderados por el Bromo, de los que la mitad se concentran en la pequeña isla de Java. Algunas de las erupciones más devastadoras de la historia han tenido lugar también en este país. En 1815 la erupción del Tambora alteró tanto el clima del planeta que en Europa el año 1816 es conocido como el año sin verano y, supongo, a todo el mundo le suena la desaparición de la isla donde se encontraba el Krakatoa, en 1883, tras explotar con una fuerza diez mil veces mayor que la bomba de Hiroshima, si bien en el mismo lugar, como consecuencia de las erupciones submarinas, volvió a emerger, a partir de 1928 un nuevo volcán: el Anak Krakatau, hijo de Krakatoa, que hoy cuenta ya con 190 metros de altura.

Decidimos cambiar de nuevo los planes, abandonar definitivamente la intención de ir a Sulawesi, y, dado que nos encontramos a solo un día de distancia, ascender al Ijen y al Bromo, tomando ahora si es necesario más precauciones que en la subida al Pacaya.

Llegamos en autobús local, tras muchas dificultades, a Banjuwangi y, después de dormir apenas cinco horas, alquilamos antes de acostarnos unas ojek, motocicletas con conductor, que nos llevan antes del amanecer hasta la entrada del Parque Nacional Ijen, desde donde se pueden visitar varios estratovolcanes más. Durante los días precedentes, como consecuencia de un aumento de su actividad, el parque ha estado cerrado y se ha prohibido tanto el acceso hasta el cráter como el trabajo en el interior del mismo. Se asciende por un camino de tierra en muy buen estado. Las primeras rampas son muy empinadas pero a medida que nos aproximamos a la cima el sendero va suavizando su inclinación mientras serpentea por la ladera de la montaña. Cerca de la cima, a 2.800 metros de altitud, nos encontramos a los primeros mineros bajando pesadas cargas de azufre depositadas en dos cestos que unidos mediante una traviesa de madera equilibran sobre un hombro. Cobran entre tres y cinco euros por cada porte, un salario tan elevado que les lleva a soportar las tóxicas emisiones de dióxido de sulfuro causante de que su esperanza de vida se reduzca a cuarenta y dos años. Separan con varas de hierro y picos grandes bloques de mineral solidificado en los bordes del lago mientras soportan los chorros de gas, que generados por la combustión del azufre alcanzan los 2.200 grados de temperatura, y el bióxido de azufre se transforma en ácido sulfúrico al entrar en contacto con la humedad de sus ojos.

Bajamos desde el borde del cráter apenas un tercio de su longitud para evitar respirar demasiado tiempo los gases azufrados que, movidos a su antojo por el viento, cambian de dirección constantemente y grabamos este video que me evita tener que describirlo. Las dimensiones, por si no se aprecian, son de 950 por 600 metros y el precioso lago azul turquesa del fondo es el mayor lago de ácido sulfúrico del mundo.

Llegamos al día siguiente a Probolinggo en tren y desde allí en furgoneta a Cemoro Lawang, en la entrada del Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru. La carretera sube entre frondosas colinas de coles. La tierra, de origen volcánico, es tan nutritiva en esta zona que las laderas de las montañas se cultivan hasta la cima y los jardines de las casas se adornan de cebollas, lechugas y tomates hasta las macetas de los costados de la puerta. No hay un rincón sin cultivar hasta la entrada de la caldera volcánica, de 9 por 10 kilómetros, en la que se encuentra el cráter del volcán Bromo rodeado del denominado Mar de Arena, una zona cubierta de arena volcánica fruto de sus más de 50 erupciones en los últimos 200 años. La última, en 2004, causante de 2 muertos. El acceso es aquí más fácil e incluso hay una zona habilitada al borde de su fina cresta, que permite su contemplación sin mayores peligros, desde el que grabé este video por si no tenéis pensado acercaros.

Java, con 128 millones de habitantes, es la isla más poblada del mundo y Yogyakarta, donde pasamos los últimos días de nuestra estancia en Indonesia, la segunda ciudad más poblada de la isla tras la capital del país: Yakarta.

Después de tanta ruralidad y naturaleza nos apetecía un poco de vida urbana y esta ciudad es un exponente moderno y tradicional de lo que el país representa, aparte de permitirnos visitar Borobudur, el templo budista más grande del mundo y la atracción turística más visitada de Indonesia.

Por las noches asistimos a actuaciones en directo de grupos locales de rock en los alrededores de la calle Maliaboro después de haber disfrutado cinco veces al día de las llamadas al rezo desde los minaretes de las muchas mezquitas de la ciudad en lo que, a nuestros ojos profanos, nos parecía una competición de saetas. Las calles están repletas de puestos ambulantes de martabak, kebab, pollo satay y zumos; que ocupan todos los espacios libres dejados por los warung, unas carpas para comer sentados sobre una alfombra ante pequeñas mesas, y que son utilizadas también para rezar cuando se produce la llamada y no se puede acceder a la mezquita o a alguna musholla, habitación exclusiva para el rezo que hay en todas las casas y hoteles, cercana. Cuando llega este momento cesan en sus actividades y los hombres se visten de un gorro y un sarong hasta los pies y las mujeres de un velo blanco hasta la cintura.

Nosotros, los bule, extranjeros de piel blanca, despertamos en general tanta curiosidad que dedicamos parte del día a responder encuestas de colegiales, hacernos fotografías con cuantos nos lo solicitan y responder todo tipo de preguntas sobre nuestro origen, las razones de nuestra visita y porqué queremos caminar habiendo tantos medios de locomoción a nuestra disposición: rickshaws, ojeks, carros tirados por caballos y taxis. Esta última pregunta tiene mucho sentido allí pues el indonesio medio no camina ni para bajar a por tabaco y las motos son una marabunta que lo ocupa absolutamente todo, incluidos los interiores de las casas y la puerta de nuestra habitación dentro de nuestro hotel. Eso sí, los motoristas dejan sus cascos y pertenencias sobre el asiento de su vehículo mientras van a comprar o a dormir con la tranquilidad de que cuando vuelvan nadie habrá cogido nada.

Nos despedimos de Indonesia y volvemos a Kuala Lumpur desde donde Lidia vuelve a casa y yo continuo en solitario sin haber decidido todavía si seguir hacia Filipinas y Hong Kong o cruzar ya, de una vez, el Pacífico para comenzar, coincidiendo con el ecuador de mi viaje, la segunda parte del mismo por Sudamérica.

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1 comentario

Spain  Enviado por Lidia el día 29/04/2013 a las 19:53:01 h
Jalan Jalan...

Recuerdas? es lo que dicen cuando caminan, lo he buscado en un traductor y literalmente quiere decir "carretera", me pregunto si de ahí viene "carrretera y manta"... no somos tan diferentes ¿eh?
Gracias por el post, parece que no he he ido todavía...


Alguien dijo una vez...

quoteEl tiempo es un gran maestro que arregla muchas cosas.

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